El valor de los que se atreven
Hay algo que muchos debates sobre inmigración pasan por alto: la decisión de emigrar es, en sí misma, un acto de selección natural económica y cultural. Quien deja su país no lo hace por inercia. Lo hace porque está dispuesto a arriesgar, a reconstruir, a apostar por un futuro incierto antes que conformarse con un presente conocido.
Ese filtro invisible —que separa a los temerarios de los resignados, a los emprendedores de los contemplativos— es uno de los mecanismos más poderosos de renovación que puede tener una nación. Y la Argentina, históricamente, lo supo aprovechar mejor que nadie.
El inmigrante como portador de energía institucional
La inmigración no trae solamente mano de obra o capital humano. Trae algo más valioso: una disposición activa a construir. Quien emigra no espera que le resuelvan la vida. Sabe que tendrá que ganarse un lugar, aprender códigos nuevos, adaptarse a un marco legal distinto. Y justamente por eso, suele valorar más las instituciones funcionales que quienes nacieron bajo su amparo y las dan por sentadas.
En sociedades republicanas sólidas, los inmigrantes no vienen a aprovechar “el Estado de bienestar”. Vienen a aprovechar el Estado de Derecho: previsibilidad, reglas claras, posibilidad de prosperar sin tener que pedirle permiso a un funcionario amigo. Esa es la Argentina que construyeron los italianos, españoles, alemanes, sirios, judíos y tantos otros a principios del siglo XX. No llegaron a un país generoso: llegaron a un país ordenado.
El patrón histórico: resistencia inicial, expansión inevitable
Todas las grandes naciones receptoras de inmigración pasaron por lo mismo. Primero, la reacción defensiva de los que llegaron antes: miedo a la competencia, rechazo cultural, discursos apocalípticos sobre la pérdida de identidad. Es una respuesta humana, comprensible. Pero también es, históricamente, una respuesta equivocada.
Estados Unidos creció de 76 millones de habitantes en 1900 a más de 330 millones hoy, en gran parte gracias a oleadas migratorias que fueron resistidas ferozmente en su momento: irlandeses, italianos, polacos, judíos, asiáticos, latinoamericanos. Cada grupo fue señalado como “inasimilable” por los xenófobos de turno. Y sin embargo, todos terminaron integrándose, contribuyendo y enriqueciendo el tejido social y económico del país.
La Argentina vivió su propia versión de este fenómeno entre 1870 y 1930. La población se multiplicó por seis. Surgió una clase media pujante. Se desarrolló la industria, el comercio, la educación pública. Y todo eso fue posible porque el país tuvo la visión —plasmada en su Constitución de 1853— de fomentar activamente la inmigración europea, confiando en que las instituciones republicanas serían lo suficientemente fuertes como para integrar a los recién llegados.
La falacia del “inmigrante calificado”: quienes arriesgan son los que tienen poco que perder
Hay un argumento que aparece con frecuencia en los debates migratorios: “Sí a la inmigración, pero solo de gente educada, profesional, con recursos”. Suena razonable. Pero ignora por completo cómo funciona la motivación humana.
Los que más tienen, los que ya son prósperos y educados en sus países de origen, son precisamente los que menos razones tienen para emigrar. ¿Para qué arriesgar la estabilidad si ya se tiene un buen pasar? La inmigración masiva, transformadora, nunca ha sido protagonizada por las élites. Ha sido protagonizada por quienes no tenían nada que perder y todo por ganar.
El campesino calabrés que llegó al puerto de Buenos Aires en 1890 no hablaba castellano, no tenía educación formal, no traía capital. Traía hambre de futuro. El sirio que escapaba del Imperio Otomano no venía con un título universitario: venía con una valija y la determinación de no volver. El judío polaco que huía de los pogroms no llegaba rico: llegaba vivo, y eso ya era ganancia.
Y fueron precisamente ellos —los desesperados, los desposeídos, los que no tenían plan B— quienes construyeron este país. Porque cuando no hay red de contención, cuando no hay herencia a la cual volver, la única opción es construir. Y se construye con una intensidad que quien ya tiene algo nunca puede igualar.
Pretender que la inmigración productiva debe estar compuesta exclusivamente por profesionales calificados es, en el fondo, una forma elegante de cerrar las puertas. Es olvidar que la Argentina no se hizo grande recibiendo a doctores y empresarios consolidados, sino dándole oportunidades a los que estaban dispuestos a jugársela desde cero.
La xenofobia como trampa: cortoplacismo disfrazado de defensa nacional
Un país que deja de recibir inmigrantes —y con ellos, esa energía renovadora que trae quien está dispuesto a arriesgar todo— se vuelve más estático, más cerrado sobre sí mismo, más propenso a la decadencia. Se pierde el dinamismo que solo pueden aportar quienes no tienen nada que perder y todo por ganar.
La tentación de culpar al inmigrante por los problemas propios es antigua y universal. Es fácil, es visceral, y políticamente redituable. Pero también es profundamente antirrepublicana.
Porque una república no se basa en la homogeneidad étnica ni en la protección de privilegios heredados. Se basa en reglas iguales para todos. Y cuando se empieza a hacer distinciones arbitrarias entre “nosotros” y “ellos”, el Estado de Derecho se debilita. Primero discriminamos al extranjero. Después, al disidente. Después, al que simplemente piensa distinto.
La xenofobia no protege las instituciones: las corroe. No defiende la cultura: la empobrece. No preserva la identidad nacional: la congela en una versión nostálgica y ficticia de sí misma.
Las recompensas de la apertura: crecimiento, innovación, resiliencia
Los países que han sabido gestionar la inmigración con instituciones republicanas sólidas han cosechado beneficios extraordinarios:
Crecimiento económico sostenido. Los inmigrantes no “roban trabajos”: crean demanda, abren negocios, pagan impuestos. Estudios en Estados Unidos, Canadá y Europa muestran consistentemente que la inmigración tiene un impacto neto positivo en las economías receptoras.
Innovación y emprendimiento. Una proporción desproporcionadamente alta de las empresas más exitosas del mundo fueron fundadas por inmigrantes o hijos de inmigrantes. Desde Google hasta Intel, desde Pfizer hasta Levi Strauss, la lista es interminable. ¿Por qué? Porque quien emigra ya demostró que está dispuesto a tomar riesgos.
Resiliencia demográfica. Mientras Europa envejece y Japón se contrae, países como Canadá, Australia y hasta hace poco Estados Unidos mantienen su vitalidad demográfica gracias a la inmigración. Sin ella, sus sistemas de pensiones colapsarían y su capacidad productiva se desplomaría.
Lo que la Argentina necesita: instituciones fuertes, fronteras ordenadas
Esto no es un llamado ingenuo a la apertura sin límites. Una república responsable tiene derecho —y obligación— de controlar sus fronteras, de exigir documentación, de aplicar sus leyes migratorias. Pero hay una diferencia abismal entre orden y xenofobia, entre regulación y cierre.
Lo que necesitamos es un sistema migratorio que funcione: ágil, transparente, basado en reglas claras y aplicadas por igual. Un sistema que atraiga a quienes vienen a construir, no a quienes vienen a evadir. Un sistema que integre, no que segregue.
Y por sobre todo, necesitamos instituciones lo suficientemente fuertes como para absorber la diversidad sin colapsar. Porque el problema nunca es el inmigrante: es la debilidad institucional que hace que su llegada se vuelva disruptiva en lugar de productiva.
Conclusión: el inmigrante como ciudadano republicano
La gran paradoja es que, muchas veces, los inmigrantes son mejores republicanos que los nativos. Porque ellos saben lo que es vivir sin Estado de Derecho. Saben lo que es la arbitrariedad, la corrupción, la falta de oportunidades. Y por eso valoran —y defienden— las instituciones de un modo que quienes las heredaron a veces no logran.
Si la Argentina quiere recuperar su vitalidad, no puede hacerlo encerrándose. Necesita volver a ser lo que fue: un país que atrae a los audaces, a los que se atreven, a los que no le temen al riesgo. Necesita recuperar esa energía que solo puede venir de afuera, de quienes todavía creen que este país puede ser el lugar donde construir su futuro.
Porque al final, una república no se mide por su pasado. Se mide por su capacidad de renovarse, de abrirse, de seguir siendo un proyecto en construcción. Y para eso, necesita más que nunca a los que están dispuestos a arriesgarlo todo por una oportunidad.